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A una semana del terremoto: Cali unida se ayuda a levantar

En la mañana del lunes 10 de agosto, Cali despertó como cualquier otro día. La ciudad transcurría con su ritmo habitual: los centros de salud atendían con normalidad, los comercios abrían sus puertas, los vendedores ambulantes recorrían las calles ofreciendo sus productos y miles de caleños se dirigían a sus trabajos, colegios, universidades y hogares. La vida seguía su curso, con sus problemas cotidianos, sus afanes y sus rutinas. Nadie imaginaba que, en cuestión de segundos, esa normalidad cambiaría.

El terremoto irrumpió en esa cotidianidad y recordó, de la manera más dolorosa, que una ciudad puede detenerse en un instante. El movimiento sacudió edificaciones, hogares y comunidades, pero también puso a prueba algo mucho más profundo: la capacidad de Cali para responder cuando todo cambia de repente.

Y durante las primeras horas de la emergencia aparecieron preguntas que como ciudad debemos hacernos. ¿Estábamos preparados? ¿Sabíamos cómo actuar? ¿Las instituciones tenían la capacidad suficiente para responder de manera inmediata y coordinada? ¿La información estaba llegando con claridad a los ciudadanos?

La emergencia evidenció dificultades. Hubo momentos de confusión, desinformación y desorden propios de una ciudad que tuvo que enfrentarse de manera repentina a una situación que nadie esperaba. Las instituciones tuvieron que reorganizar sus capacidades sobre la marcha, mientras miles de ciudadanos buscaban respuestas y familias enteras intentaban saber qué había ocurrido con sus seres queridos.

Pero reconocer esas dificultades no significa desconocer el trabajo de quienes estuvieron en primera línea. Bomberos, organismos de socorro, personal médico, voluntarios, autoridades y trabajadores salieron a las calles y asumieron una tarea enorme. Muchos estuvieron durante horas y días trabajando entre estructuras afectadas, atendiendo heridos, buscando personas y acompañando a quienes necesitaban ayuda.

Esta primera semana también debería servir para preguntarnos qué debemos mejorar. Una tragedia no puede terminar únicamente con el retiro de los escombros. Tiene que dejarnos lecciones. Cali necesita revisar sus protocolos, fortalecer la prevención, mejorar la coordinación institucional y garantizar que, ante una próxima emergencia, los ciudadanos sepan exactamente qué hacer y hacia dónde acudir.

Pero mientras esa discusión necesaria ocurre, algo comenzó a crecer en las calles: la solidaridad.

La ciudad empezó a organizarse. Personas que no se conocían comenzaron a trabajar juntas. Se abrieron puntos de acopio, se recolectaron alimentos y agua, se llevaron elementos de primera necesidad a las comunidades afectadas y aparecieron voluntarios dispuestos a hacer lo que estuviera a su alcance.

La solidaridad dejó de ser una palabra para convertirse en una acción.

Estuvo en quienes cargaron cajas. En quienes donaron alimentos. En quienes entregaron agua. En quienes prestaron sus vehículos para transportar ayudas. En quienes llegaron con una pala para ayudar a retirar escombros. En quienes acompañaron a una familia que había perdido su hogar. En quienes simplemente preguntaron: “¿En qué puedo ayudar?”

Y allí aparece una imagen que hoy adquiere un significado especial para nuestra ciudad: el Monumento a la Solidaridad.

Durante años ha estado allí, formando parte del paisaje caleño. Para muchos, quizás, era simplemente un monumento más. Pero después de lo ocurrido, sus manos parecen contar otra historia.

Porque eso fue precisamente lo que vimos durante esta semana: manos unidas.

Manos que pasaron escombros de una persona a otra. Manos que entregaron alimentos. Manos que cargaron agua y donaciones. Manos que abrazaron a quienes estaban sufriendo. Manos que buscaron vida entre los escombros.

El monumento representa una idea que hoy se hizo realidad en las calles: nadie puede levantar una ciudad solo.

Una mano necesita de otra. Una familia necesita de otra familia. Un barrio necesita de otro barrio. Y una ciudad necesita de sus ciudadanos.

Quizás por eso esta tragedia también nos ha permitido ver una Cali diferente. Una Cali que, aun herida, decidió ayudar. Una Cali que no esperó a que alguien más resolviera todos sus problemas. Una Cali que se movilizó.

Pero no podemos romantizar la tragedia.

La solidaridad no debe convertirse en una excusa para que las instituciones no cumplan con su responsabilidad. La ciudadanía puede ayudar, pero no puede reemplazar al Estado. Los voluntarios pueden acompañar, pero las autoridades deben garantizar coordinación, seguridad, información y atención.

La verdadera reconstrucción tendrá que unir ambas cosas: instituciones más preparadas y una ciudadanía solidaria.

Porque después de esta primera semana vendrá una etapa todavía más difícil. Vendrá la reconstrucción de viviendas, de espacios públicos, de negocios y, sobre todo, de vidas. Habrá familias que necesitarán acompañamiento durante meses. Habrá personas que tendrán que comenzar nuevamente. Y habrá heridas que no se podrán reparar con cemento.

Por eso, una semana después, no deberíamos preguntarnos solamente cuánto hemos perdido.

También deberíamos preguntarnos qué tipo de ciudad queremos construir después de esta tragedia.

Una ciudad más preparada. Una ciudad que aprenda de sus errores. Una ciudad donde las instituciones respondan mejor. Una ciudad donde la información sea clara. Una ciudad que entienda que la prevención salva vidas.

Pero también una ciudad que conserve aquello que apareció con tanta fuerza durante estos días: la capacidad de ayudarse.

Porque cuando pase la emergencia, cuando las cámaras se vayan y cuando los titulares cambien, la solidaridad tendrá que permanecer.

Cali no puede olvidar lo que sus propios ciudadanos fueron capaces de hacer cuando más se necesitaban unos a otros.

Hace una semana, la tierra se movió y nos recordó nuestra vulnerabilidad.

Hoy, una semana después, también podemos decir que algo más se movió: la voluntad de una ciudad para levantarse.

Y quizás esa sea la imagen que debemos conservar.

Una Cali herida, sí.

Una Cali que todavía tiene mucho por reconstruir, también.

Pero una Cali que entendió que levantarse no significa hacerlo solo.

Porque cuando uno cae, una ciudad entera puede extender sus manos para ayudarlo a levantarse.

A una semana del terremoto, Cali unida se ayuda a levantar.

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