Inicia la reconstrucción y la solidaridad no puede parar
La fase de búsqueda y rescate terminó. Y aunque esta frase marca un cambio en la respuesta a la tragedia, no significa que la emergencia haya terminado. Todo lo contrario: para miles de familias, el terremoto del pasado 10 de agosto apenas comienza a mostrar la dimensión de sus consecuencias.
Cali entra ahora en una nueva etapa: la reconstrucción. Una etapa que exigirá recursos, decisiones, coordinación institucional y, sobre todo, una enorme capacidad para no olvidar a quienes todavía están viviendo las consecuencias de aquella mañana en la que la tierra estremeció a la ciudad y a buena parte del occidente colombiano.
El cierre de las labores de búsqueda deja una cifra que duele: 150 personas fallecidas en Cali, 88 personas rescatadas con vida y más de 1.600 personas heridas. De los cuerpos recuperados, 140 ya habían sido entregados a sus familias. Detrás de cada número hay una historia, un hogar, una familia que perdió a alguien y una ciudad que todavía está intentando comprender lo ocurrido.
Pero también hay otra cifra que representa esperanza: 88 vidas que pudieron ser rescatadas. Son 88 historias que hoy continúan porque cientos de hombres y mujeres decidieron entrar donde muchos otros no se atrevían a hacerlo. Rescatistas, bomberos, organismos de socorro, personal médico, Fuerza Pública, voluntarios y voluntarias trabajaron durante días entre el polvo, los escombros, el cansancio y el riesgo, buscando una señal de vida.
A todos ellos hay que reconocerlos. Porque en medio de una tragedia de estas dimensiones, la solidaridad no fue solamente una palabra. Fue una acción. Fue una mano extendida, una botella de agua, una comida, una herramienta, una oración, una persona removiendo escombros y otra esperando durante horas una noticia de su ser querido.
Ahora, sin embargo, comienza otra batalla.
El alcalde Alejandro Eder ha advertido que la reconstrucción de Cali podría tardar alrededor de tres años y requerir cerca de 10 billones de pesos. A nivel nacional, el Gobierno ha estimado pérdidas físicas por más de 30 billones de pesos en los departamentos más afectados, aunque esa cifra corresponde a una estimación preliminar de daños y no necesariamente al costo final de toda la reconstrucción.
Y mientras se habla de billones, hay que recordar que la tragedia también se mide en cosas mucho más sencillas: una familia que perdió su vivienda, un niño que no puede regresar a su colegio, una persona mayor que quedó sin un lugar seguro donde dormir o un trabajador que perdió su fuente de ingresos.
Hoy, más de 20.000 familias ya aparecen registradas como damnificadas en Cali, y la Alcaldía estima que esa cifra podría crecer hasta entre 25.000 y 30.000 familias.

La ciudad también enfrenta un enorme desafío en materia de infraestructura. Se han identificado alrededor de 8.600 inmuebles afectados; de los que ya han sido evaluados, cerca del 55 % presenta afectaciones estructurales graves y alrededor del 20 % podría requerir demolición.
En los colegios tampoco termina la emergencia. De las 338 sedes educativas de Cali, más de 240 presentan algún tipo de afectación, lo que demuestra que reconstruir no será solamente levantar edificios: será recuperar espacios donde miles de niños y jóvenes construyen diariamente su futuro.
Y está la otra realidad, la que quizás no aparece con tanta fuerza en los grandes balances.
La de las familias que siguen durmiendo en carpas, sobre colchonetas, bajo plásticos o en espacios improvisados porque regresar a sus viviendas todavía no es una opción. La de sectores como Chiminangos, donde cientos de personas continúan enfrentando la incertidumbre de no saber cuándo podrán recuperar una vida normal.
Por eso, iniciar la reconstrucción no puede significar dar por terminada la solidaridad.
Al contrario: si durante los primeros días la solidaridad fue indispensable para rescatar vidas y atender la emergencia inmediata, durante los próximos meses será fundamental para acompañar a quienes tendrán que reconstruir sus hogares, sus negocios, sus colegios y sus proyectos de vida.
La solidaridad no puede agotarse porque las cámaras se vayan de los lugares más afectados. No puede terminar porque ya no haya personas atrapadas entre los escombros. No puede desaparecer porque la noticia deje de ocupar los primeros lugares.
La emergencia cambia de rostro, pero continúa.
Y allí tenemos un enorme reto como sociedad.
Las instituciones tienen la responsabilidad de responder. Deben existir planes claros, recursos suficientes, transparencia en el manejo de cada peso y una atención que llegue realmente a quienes más la necesitan. La reconstrucción debe hacerse con criterio técnico, con participación ciudadana y poniendo en el centro algo que no puede negociarse: la vida y la dignidad de las personas.
Pero los ciudadanos también tenemos una responsabilidad.
Seguir ayudando.
Seguir donando cuando sea posible. Seguir acompañando. Seguir compartiendo información útil. Seguir preguntando por nuestros vecinos. Seguir apoyando las campañas de quienes están recolectando alimentos, medicamentos, elementos de primera necesidad y recursos económicos. Seguir tendiendo la mano a quienes hoy tienen menos.

Porque reconstruir una ciudad no significa únicamente reconstruir edificios.
También significa reconstruir confianza, tranquilidad, oportunidades y esperanza.
Cali tendrá que levantarse de los escombros, pero no debería hacerlo sola. Tendrá que hacerlo acompañada por el Valle del Cauca, por Colombia, por sus instituciones, por el sector privado, por las organizaciones sociales, por las iglesias, por los voluntarios y, especialmente, por una ciudadanía que ya demostró que sabe responder cuando uno de los suyos necesita ayuda.
El terremoto nos dejó pérdidas que no podrán recuperarse. Hay vidas que no volverán, familias que tendrán que aprender a vivir con ausencias y recuerdos que permanecerán para siempre.
Pero también nos dejó una lección.
Nos recordó que una ciudad no está hecha únicamente de cemento. Está hecha de personas.
Y fueron precisamente las personas las que aparecieron en los momentos más difíciles.
Aparecieron quienes llevaron alimentos. Quienes prestaron una ambulancia. Quienes abrieron las puertas de sus negocios. Quienes donaron dinero. Quienes cocinaron. Quienes cargaron cajas. Quienes atendieron gratuitamente en hospitales móviles. Quienes ofrecieron acompañamiento psicológico. Quienes oraron. Quienes rescataron. Quienes buscaron. Quienes abrazaron.
Esa solidaridad debe permanecer.
Porque vendrán días difíciles. Vendrán demoliciones, reconstrucciones, obras, trámites, evaluaciones, familias esperando soluciones y comunidades que necesitarán acompañamiento durante meses e incluso años.
Y cuando la emergencia deje de ser noticia para muchos, seguirá siendo una realidad para quienes perdieron su casa, su negocio, su colegio o a un ser querido.
Por eso esta editorial quiere hacer un llamado.
A las instituciones: no bajar la guardia.
A las empresas: seguir aportando.
A las organizaciones sociales: seguir acompañando.
A los medios de comunicación: seguir contando las historias y necesidades de quienes todavía esperan.
Y a los ciudadanos: seguir siendo solidarios.
Porque la reconstrucción será larga. Y porque, como sociedad, no podemos permitir que el paso del tiempo convierta el dolor de miles de familias en una cifra olvidada.

Hoy comienza una nueva etapa.
La etapa de levantar edificios, reparar colegios, recuperar hospitales, reconstruir viviendas y devolverle a Cali sus espacios.
Pero también debe comenzar una etapa para reconstruir algo mucho más profundo: la confianza de quienes hoy sienten que lo perdieron todo.
Cali se va a levantar. El Valle se va a levantar. Colombia se va a levantar.
Pero para hacerlo necesitaremos mucho más que cemento, maquinaria y billones de pesos.
Necesitaremos seguir teniendo humanidad.
Porque si durante los primeros días de esta tragedia fuimos capaces de demostrar que nadie estaba solo, ahora debemos demostrar que tampoco lo estará durante la reconstrucción.
Inicia la reconstrucción. Y la solidaridad no puedo parar.






