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¿Estamos matando nuestra tierra? Sequía, cambio climático y crisis energética en Colombia

¿Qué pasa cuando un río comienza a perder su fuerza? ¿Qué ocurre cuando un humedal que durante años estuvo allí empieza a perder su espejo de agua? ¿Qué hacemos cuando el calor aumenta, cuando el consumo de energía crece y cuando las reservas hídricas empiezan a convertirse en una preocupación nacional?

Hay territorios que parecen haber sido hechos para recordarnos que la naturaleza no es solo un hermoso escenario, sino el lugar donde ocurre nuestra vida.Colombia es uno de ellos, un país atravesado por tres cordilleras, bañado por dos océanos, recorrido por ríos que durante generaciones han alimentado comunidades y cultivos, y habitado por una biodiversidad que difícilmente puede explicarse en unas cuantas cifras. Tenemos selvas, páramos, humedales, bosques, manglares, montañas, llanuras y una de las mayores riquezas hídricas del planeta. Sin embargo, cada cierto tiempo terminamos hablando de lo mismo: ríos que bajan con menos agua, embalses que preocupan al país, incendios que consumen bosques, ciudades que enfrentan temperaturas cada vez más altas, comunidades que tienen dificultades para acceder al agua y un sistema energético que vuelve a mirar hacia el cielo para saber cuánto lloverá.

La paradoja resulta difícil de ignorar, Colombia es un país de agua que, en determinados momentos, tiene que preguntarse si tendrá suficiente agua. Es un país cuya generación eléctrica depende en buena medida de sus recursos hídricos y que, cuando llega una temporada seca intensa, comienza a hablar de ahorro energético, generación térmica, reservas de los embalses y riesgo para el sistema. También es un país que puede experimentar lluvias intensas e inundaciones en unas regiones mientras otras enfrentan déficit de precipitaciones; es precisamente esa contradicción la que debería obligarnos a mirar el problema de una manera diferente.

Ahora bien, la discusión no debería reducirse a si está lloviendo o no, la verdadera pregunta es ¿qué tan preparado está Colombia para vivir en un clima cada vez más variable y qué tanto estamos haciendo nosotros para no agravar sus consecuencias?

Un país que aprendió a esperar la lluvia

El Fenómeno de El Niño no es nuevo para Colombia, este hermoso país ha aprendido durante décadas a convivir con él, a monitorear sus efectos y a prepararse para temporadas en las que disminuyen los aportes hídricos y aumentan las temperaturas. Pero cada episodio deja una lección distinta porque encuentra un territorio diferente y aquel territorio que enfrenta hoy Colombia no es el mismo de hace veinte o treinta años.

El IDEAM acaba de advertir que las condiciones de El Niño están presentes y se encuentran en fortalecimiento, su seguimiento de septiembre estimó una probabilidad del 90 % de que el fenómeno alcance una intensidad muy fuerte durante el último trimestre de 2026. Pero el propio instituto ha tenido que hacer una aclaración que resulta fundamental para entender lo que está pasando: Colombia está atravesando actualmente su segunda temporada de más lluvias y eso no contradice la presencia de El Niño. Es decir, que hoy llueva no significa que los próximos meses se comportarán igual ni que el fenómeno implique ausencia de lluvias en todo el territorio.

Esa explicación es importante porque el debate público suele caer fácilmente en los extremos; si llueve, pareciera que no existe ningún problema y si deja de llover durante algunos días, aparece la idea de que el país está entrando inevitablemente en una crisis. No obstante, la realidad climática es más compleja, puesto que, el agua puede llegar de manera desigual, en momentos distintos y con intensidades que no necesariamente responden a las necesidades de los territorios.

Allí aparece uno de los grandes desafíos de Colombia: no basta con tener agua; necesitamos conservarla, distribuirla, almacenarla y proteger los ecosistemas que permiten que siga existiendo.

La crisis no empezó con el último gobierno

Sería sencillo convertir esta discusión en una disputa política como culpar al gobierno actual, defender al anterior y repetir que todo estaba mejor antes, sin embargo, la historia ambiental de Colombia es mucho más larga que una administración presidencial.

Desde el gobierno de Juan Manuel Santos comenzaron a consolidarse instrumentos que hoy hacen parte de la política climática del país. El Plan Nacional de Desarrollo 2014-2018 incorporó la adaptación al cambio climático como una estrategia para reducir la vulnerabilidad del territorio y avanzar hacia una planificación compatible con la variabilidad climática. Paralelamente, Colombia venía desarrollando desde 2011 estrategias como la de Desarrollo Bajo en Carbono y el Plan Nacional de Adaptación al Cambio Climático.

Durante ese periodo también se avanzó hacia una legislación específica. La Ley 1931 de 2018 estableció directrices para la gestión del cambio climático y buscó articular las acciones nacionales y territoriales frente a sus impactos, esto no era una declaración simbólica, era el reconocimiento institucional de que el cambio climático debía convertirse en un asunto de planificación pública.

Después llegó el gobierno de Iván Duque y la agenda ambiental adquirió nuevas herramientas. En diciembre de 2021 fue sancionada la Ley de Acción Climática, que estableció metas relacionadas con la carbono neutralidad a 2050, la reducción de emisiones y la resiliencia climática, entre sus objetivos se incluyó la restauración ecológica de al menos un millón de hectáreas para 2030. Colombia también actualizó su Contribución Determinada a Nivel Nacional frente al Acuerdo de París y asumió el compromiso de reducir sus emisiones de gases de efecto invernadero en 51 % para 2030.

Luego llegó el gobierno de Gustavo Petro, y el lenguaje ambiental cambió nuevamente. El Plan Nacional de Desarrollo 2022-2026 colocó entre sus grandes transformaciones el ordenamiento del territorio alrededor del agua y la lucha contra el cambio climático. La transición energética pasó a convertirse en uno de los ejes centrales de la política nacional, con énfasis en fuentes renovables, eficiencia energética y comunidades energéticas.

Hay, entonces, una línea que atraviesa gobiernos distintos, donde se puede cambiar el discurso, pueden cambiar las prioridades y pueden cambiar las herramientas, pero el problema permanece. Colombia lleva años construyendo política climática, lo que todavía está en discusión es si la velocidad de esa política está a la altura de la velocidad con la que está cambiando el territorio.

Cuando el agua también enciende las alarmas de la energía

Quizá uno de los ejemplos más claros de esa fragilidad se encuentra en algo tan cotidiano como encender una bombilla.

Durante el Fenómeno de El Niño de 2023-2024, la situación energética llegó a un punto de preocupación nacional. El Ministerio de Minas y Energía adoptó medidas para enfrentar las condiciones de baja hidrología y reforzar el abastecimiento. En marzo de 2024, documentos oficiales mostraban que los aportes hídricos se encontraban en apenas 45,51 % de la media histórica y que el embalse agregado del sistema estaba en 32,45 % de su volumen útil para generación eléctrica.

Con esto, se impulsó el ahorro de energía, se habilitó generación térmica, se buscaron excedentes de autogeneradores y se aceleró la incorporación de nueva generación renovable. En abril de 2024, el Ministerio reportó que la demanda eléctrica había disminuido aproximadamente 4 % y que la recuperación de los embalses, acompañada por mayores aportes hídricos, permitió terminar la etapa más crítica sin llegar a un racionamiento nacional.

Esta es una lección que debería ser evidente, cuando hablamos de agua, también estamos hablando de energía y cuando hablamos de embalses, estamos hablando de hogares, empresas, hospitales, colegios y sistemas de transporte. Asimismo, cuando hablamos de ahorrar energía durante una temporada de baja hidrología, no estamos simplemente intentando reducir una factura, también estamos ayudando a disminuir la presión sobre un sistema que depende, en buena medida, del agua.

Cali ya tiene su propia historia

No necesitamos mirar únicamente hacia las grandes represas del país para comprenderlo, basta con mirar a Cali. Una ciudad que durante décadas ha construido parte de su identidad alrededor de sus siete ríos también está sintiendo las consecuencias de los cambios en los caudales. A finales de septiembre, el río Cali registraba 1,47 metros cúbicos por segundo, todavía por encima de su límite mínimo operativo de 1,25, mientras el río Meléndez registraba apenas 0,21 metros cúbicos por segundo frente a un mínimo requerido de 0,90. La Alcaldía explicó que la baja ocurrencia de lluvias y las altas temperaturas habían afectado significativamente las cuencas.

El dato del Meléndez es particularmente significativo porque no se trata solamente de una cifra hidrológica, este río tiene consecuencias concretas sobre el abastecimiento de agua de sectores de las comunas 18 y 20.

La ciudad ha podido sostener buena parte de su abastecimiento gracias a su sistema de fuentes y a la capacidad de compensación con el río Cauca, pero cuando un sistema comienza a necesitar medidas de contingencia, alternancia y monitoreo permanente, la naturaleza ya está enviando una señal y Cali conoce bien esa señal.

Los humedales no son terrenos vacíos

Quizá uno de los errores más profundos que hemos cometido como sociedad ha sido mirar determinados ecosistemas como espacios disponibles para ser transformados. Un humedal parece, para quien lo observa desde lejos, simplemente un lugar con agua, vegetación y algunos animales. Pero un humedal es una reserva natural de agua, un refugio para especies, un regulador del territorio y una pieza fundamental frente a eventos extremos, por eso preocupa que estos ecosistemas también estén sintiendo los efectos de las condiciones climáticas actuales.

En julio de 2026, el DAGMA informó que había intensificado el monitoreo de los humedales de Cali debido a las condiciones asociadas a El Niño. En el humedal El Limonar, las intervenciones de recarga hídrica y recuperación de conectividad permitieron aumentar el nivel del agua en 11,5 centímetros. Los trabajos también incluyeron manejo de vegetación invasora y monitoreo de fauna.

Un Valle que tampoco puede mirar hacia otro lado

La situación del Valle del Cauca amplía todavía más el panorama, los registros de la CVC han mostrado que los comportamientos de lluvia y caudales pueden alejarse considerablemente de los promedios históricos. En agosto de 2026, por ejemplo, el acumulado promedio de precipitaciones en las estaciones analizadas por la corporación estuvo muy por debajo del histórico y varios de los principales ríos presentaron caudales inferiores a los valores habituales.

Sin embargo, aquí vuelve a aparecer la complejidad del momento, ya que no estamos ante un territorio condenado a permanecer seco, estamos ante un territorio donde los patrones pueden cambiar rápidamente. Eso explica por qué podemos hablar simultáneamente de ríos con caudales bajos, ecosistemas afectados y, al mismo tiempo, episodios de lluvias fuertes en otras ciudades y regiones del país.

Entonces Colombia puede vivir inundaciones y sequías prácticamente al mismo tiempo, pueden haber municipios enfrentando lluvias intensas mientras otros esperan agua. Todo esto una muestra de que el clima no funciona con las fronteras administrativas que nosotros inventamos.

La lluvia también puede convertirse en una amenaza

Durante los últimos días hemos vuelto a ver imágenes de lluvias fuertes, inundaciones y emergencias en diferentes puntos del país. Esto también debe formar parte de la conversación, porque si nuestra respuesta al cambio climático consiste únicamente en prepararnos para la sequía, estaremos dejando por fuera la otra mitad del problema. Los extremos pueden convivir en este país; lluvias intensas pueden producir inundaciones, movimientos en masa y daños en infraestructura. Periodos secos pueden afectar los cultivos, disminuir los caudales, aumentar el riesgo de incendios y presionar el sistema energético.

Entonces, ¿adaptarnos significa únicamente construir más embalses o almacenar más agua?

Adaptarnos también significa ordenar el territorio, no construir donde el agua necesita pasar, proteger las cuencas, restaurar los bosques, conservar los humedales, mejorar los sistemas de drenaje y fortalecer los sistemas de alerta, porque al final no se trata de seguir buscando maneras para que la naturaleza se adapte a nuestras decisiones, sino de aprender a convivir con ella y tomar decisiones que también tengan en cuenta sus propios ciclos y necesidades.

Una política que debería sobrevivir a los presidentes

Hay algo que resulta particularmente interesante cuando se revisan los últimos gobiernos. Juan Manuel Santos habló de adaptación y crecimiento bajo en carbono, mientras que Iván Duque convirtió la acción climática en ley y fijó metas de carbono neutralidad. Por otra parte, Gustavo Petro puso el ordenamiento alrededor del agua y la transición energética en el centro de su Plan Nacional de Desarrollo.

El actual gobierno de Abelardo De La Espriella está enfrentando un nuevo episodio de El Niño con medidas preventivas para proteger agua, gas y energía. En septiembre de 2026, el Gobierno anunció el denominado Plan Energía YA para anticiparse a los efectos del fenómeno y proteger el suministro eléctrico ante la temporada seca prevista para finales de 2026 y comienzos de 2027. Entre las medidas anunciadas aparecen acciones de ahorro energético y mecanismos para garantizar generación térmica y proteger las reservas de los embalses. En agosto, además, el Ministerio de Minas y Energía ordenó a las entidades públicas implementar planes de ahorro y uso eficiente de la energía.

Ahora bien, el hecho de que distintos gobiernos hayan adoptado medidas diferentes frente al cambio climático no debería significar que cada administración empiece de cero o que se borre lo construido por la anterior. Una política ambiental seria debería ser capaz de acumular conocimiento y avanzar sobre lo que ya existe, de manera que lo que funcionó durante el gobierno de Santos pueda ser mejorado por Duque, lo que Duque dejó institucionalizado pueda ser fortalecido por Petro y lo construido durante Petro pueda ser evaluado por el actual gobierno para decidir qué debe continuar, qué necesita modificarse y qué puede ampliarse.

El planeta no cambia de ciclo cada cuatro años y, por eso, la política climática tampoco debería hacerlo. El mundo lleva años advirtiéndolo y Colombia no está viviendo una discusión aislada, sino que hace parte de un desafío ambiental que trasciende gobiernos, fronteras y periodos presidenciales.

El mundo lleva décadas hablando de cambio climático, pérdida de biodiversidad, calentamiento global y crisis del agua. Organismos como Naciones Unidas, el Banco Mundial, la OCDE y el IPCC han insistido en que la adaptación ya no puede tratarse como una tarea futura. La OCDE, en su evaluación ambiental de Colombia de 2026, reconoce avances importantes en el marco institucional del país, pero también identifica desafíos relacionados con agua, biodiversidad, adaptación, financiamiento climático y transición energética.

El papa Francisco y una advertencia que sigue vigente

En 2015, el papa Francisco publicó Laudato si’, una encíclica que puso en el centro una expresión que terminó recorriendo el mundo: la casa común. No era solamente un documento sobre árboles, ríos o contaminación. Francisco planteó una reflexión mucho más amplia sobre la relación entre humanidad, economía, consumo, pobreza y naturaleza. En sus primeras páginas invitaba a detenerse precisamente en lo que le estaba ocurriendo a esa casa común y advertía sobre la velocidad de las transformaciones provocadas por la acción humana.

La importancia de aquel llamado está justamente en que no presentaba la crisis ambiental como un problema exclusivamente científico, sino como una situación que también atraviesa lo cultural, lo económico y lo social y que, para quienes comparten su visión religiosa, también plantea un problema ético, porque la manera en que nos relacionamos con la naturaleza, con los recursos y con las demás personas también refleja las decisiones y responsabilidades que asumimos como sociedad.

Ocho años después, Francisco publicó Laudate Deum y volvió a insistir en la crisis climática, señalando que las respuestas del mundo no estaban avanzando al ritmo que exigía la situación. Ahor abien, más allá de cualquier confesión religiosa, existe una idea de aquel llamado que vale la pena rescatar: no podemos esperar a que el deterioro sea irreversible para comenzar a actuar.

Una crisis ambiental también se construye a partir de millones de pequeñas decisiones que tomamos todos los días, desde una llave que dejamos abierta, una fuga que nunca reparamos, un aire acondicionado encendido sin necesidad o una habitación iluminada durante horas cuando existe suficiente luz natural, hasta una bolsa que utilizamos durante unos minutos y que puede permanecer durante décadas en el ambiente, un residuo que arrojamos al canal pensando que el agua se lo llevará o un humedal que ignoramos porque creemos que no nos afecta.

La suma de todas esas decisiones también termina construyendo el territorio y, por eso, la respuesta ciudadana no puede reducirse a esperar campañas de ahorro cuando llegue El Niño, sino que tenemos que convertir estas acciones en hábitos, ahorrar agua no solamente cuando haya racionamiento, ahorrar energía no solamente cuando el Gobierno lo pida, separar los residuos no solamente cuando exista una campaña y cuidar los ríos no solamente cuando aparezcan secos en una fotografía.

Lo que puede hacer una familia

Hay acciones sencillas que, cuando se acumulan, realmente tienen sentido. Revisar y reparar fugas, reducir el tiempo de las duchas, cerrar la llave mientras nos cepillamos los dientes, utilizar la lavadora con cargas completas y reutilizar el agua cuando sea seguro hacerlo son prácticas que ayudan a reducir el desperdicio. En el caso de la energía ocurre algo parecido, apagar las luces que no necesitamos, aprovechar la iluminación natural, desconectar los equipos que no estamos utilizando, mantener adecuadamente los electrodomésticos y moderar el uso de los sistemas de climatización también son decisiones pequeñas que permiten reducir la demanda.

Ahora bien, hay una acción que quizá sea todavía más importante y es informarnos, saber de dónde viene el agua que llega a nuestra ciudad, conocer qué río abastece nuestro barrio, identificar qué humedales existen cerca, entender qué autoridad ambiental tiene competencia sobre nuestro territorio, conocer las alertas oficiales del IDEAM y preguntarnos qué están haciendo nuestros gobernantes, porque una ciudadanía que conoce su territorio también está en mejores condiciones para defenderlo.

Entonces queda una pregunta que resulta difícil ignorar, ¿qué vamos a hacer con todo lo que todavía tenemos? Colombia cuenta con agua, biodiversidad, sol, viento, ríos, conocimiento científico y comunidades que conocen profundamente sus territorios, además de una institucionalidad ambiental que, aunque necesita fortalecerse, lleva décadas acumulando experiencia. Tenemos mucho, pero también tenemos algo que quizá sea todavía más importante, todavía estamos a tiempo de decidir qué hacemos con todo eso.

La pregunta de esta editorial puede parecer exagerada, ¿estamos matando nuestra tierra? Probablemente la respuesta no pueda reducirse a un sí o un no, pero sí estamos ejerciendo una presión enorme sobre ella y también estamos viendo las consecuencias de territorios que no siempre han sido preparados para enfrentar los extremos climáticos. Por eso esta discusión no debería convertirse en otra pelea entre gobiernos ni reducirse a culpar a una administración, porque el cambio climático no empezó con Santos, no terminó con Duque, no nació con Petro y tampoco desaparecerá con De la Espriella. Es un problema que atraviesa gobiernos, generaciones y fronteras y, precisamente por eso, exige algo que la política colombiana pocas veces consigue, continuidad. Continuidad para proteger el agua, recuperar los humedales, restaurar los bosques, transformar la matriz energética, preparar las ciudades y educar a los ciudadanos, porque una política ambiental no puede depender únicamente de quién esté gobernando.

Quizá lo más preocupante no sea que Colombia tenga que enfrentar otro Fenómeno de El Niño, sino que después de tantos años de advertencias, leyes, planes, informes científicos y emergencias, sigamos esperando a que el río esté seco para preguntarnos qué hicimos mal. Colombia no puede darse ese lujo, Cali tampoco y nosotros, desde nuestras propias casas, tampoco. La tierra no necesita que la salvemos con una frase bonita, necesita que dejemos de tratarla como si fuera infinita.

Necesita gobiernos que planifiquen, empresas que transformen sus prácticas, ciudades que protejan sus ecosistemas, comunidades que defiendan sus territorios y ciudadanos que entiendan que cerrar una llave, apagar una luz, cuidar un humedal o no arrojar basura a un río pueden parecer gestos insignificantes, pero hacen parte de una decisión mucho más grande, la decisión de entender que esta no es solamente la tierra que habitamos, sino la tierra de la que dependemos.

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